28/10/11

Obesidad en la infancia y la adolescencia

Índice de masa corporal

Tanto clínica como epidemiológicamente la obesidad se define por el Índice de masa corporal, que relaciona el peso en kilos del individuo con el cuadrado de la talla en metros (IMC=Kg/m2). En la infancia este valor debe de trasladarse a los estándares ordinarios expresados en percentiles para cada sexo y edad. Así, se habla de obesidad cuando el IMC supera el percentil 95 y de sobrepeso cuando se sitúa entre los percentiles 85 y 95. Por encima de los 18 años se puede hablar de obesidad cuando el IMC es igual o superior a 30 kg/m2 y de sobrepeso cuando está por encima de 25 Kg/m2.

Los problemas asociados al exceso de peso son múltiples. Numerosos estudios demuestran una disminución de la autoestima en el niño obeso, especialmente en la adolescencia, y el rechazo social (dentro del grupo de amigos en situaciones que exigen esfuerzo como deportes). Además, presentan con mayor frecuencia que sus compañeros de peso normal alteraciones del metabolismo lipídico (niveles de colesterol elevados), hidrocarbonado (intolerancia a la glucosa, hiperinsulinismo y diabetes tipo II del niño), hipertensión arterial, alteraciones respiratorias (hasta un 30% de adolescentes obesos tiene apnea del sueño) y ortopédicas. Todas estas complicaciones tienden a ser más frecuentes y graves al aumentar la duración de la obesidad y su intensidad. No podemos tampoco olvidar que la obesidad infantil es un condicionante mayor de la evolución hacia la obesidad del adulto, y que esta se relaciona con una experiencia de vida significativamente menor.

Medidas preventivas

El exceso de peso tiene una base genética predisponente (y predominante en las obesidades mórbidas y en determinados síndromes hereditarios) con una gran influencia de la dieta. Las medidas preventivas deben iniciarse en la primera infancia cuando es más fácil obtener de la familia el apoyo necesario y cuando empiezan a implantarse en las conductas del niño los hábitos de vida relacionados con la ingesta de alimentos y el ejercicio físico. El pediatra tiene que hacer saber a la familia las características de una dieta equilibrada, señalando y corrigiendo los errores alimentarios (picoteo no nutricional, abuso de las llamadas comidas basura, etc.), estimulará al niño para evitar el sedentarismo e indicará en aquellos obesos un control programado de peso. En los últimos años se ha comprobado el papel de lactancia materna y del retraso en la introducción de alimentación complementaria como elementos protectores frente a la obesidad.

La dieta debe aportar menos energía que la requerida para mantener el peso corporal, ser nutricionalmente adecuada y aceptada por el paciente; la restricción calórica y la modificación de la dieta serán tanto más estrictas cuanto más grave sea la obesidad. Aunque los efectos del ejercicio suelen ser limitados, debe recomendarse cualquier actividad física que suponga evitar el sedentarismo, cierto gasto energético y aumentar la movilidad. Las técnicas de modificación de la conducta están encaminadas a conseguir un autocontrol frente a las comidas y a la mejora de la autoestima. Junto a todo lo anterior, las complicaciones de la obesidad serán tratadas de manera específica.

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